Familias a contracorriente: la historia de David y Dana

—¿Cómo ves el futuro de esto?

—Se seguirá haciendo, se hará más y se hará aquí, estoy seguro.

—¿Cómo piensas la regulación?

—Me da miedo que acabe siendo algo comercial favorecido por la precariedad y que luego pueda llevar a la prohibición. Canadá es un buen modelo, altruista, con una compensación que corresponde a una donación de óvulos multiplicada por diez. No es tan diferente.

—¿Qué opinas de esta controversia?

—Una parte del feminismo ha hecho mucho ruido y creado mucha confusión. Pero cuando hablas con la gente, cuando lo conocen, acaban empatizando. La esperanza es la gente. 

David es optimista. Entre biberón y biberón a Dana, me cuenta la historia de su familia, que creó gracias a un proceso de gestación subrogada en Canadá. Regulado y controlado por el por el Ministerio de Salud desde el 2004, fue el motivo principal por el que David se decantó por ese país. Era un coste elevado, pero tenía que intentarlo: aceptó ser movilizado laboralmente al extranjero y ahorró durante cinco años. 

Quería ser padre desde niño, me explica, pero no veía claro hacerlo solo. Tuvo dos relaciones largas, pero sus parejas no compartían su proyecto de familia. David dejó de buscar a la pareja perfecta y buscó la forma de tener un bebé.

Tras tanto tiempo de sacrificio y con un objetivo tan lejano, necesitó dar un paso: fecundar los embriones y congelarlos. Salió todo muy bien, recuerda, y eso le animó a salir adelante. Cuando ya estuvo preparado, habló con la agencia de subrogación, a la que ya llevaba dos años haciendo preguntas, y seis meses después hizo la transferencia del embrión. 

Enya fue la surromummy. Así se llama en Canadá, me explica, aunque él no tiene problema en llamarla madre, pues din duda es “la madre que la dio a luz”. Tenía pareja y un hijo de algo más de un año. Se conocieron y se aceptaron mutuamente.

Por Whatsapp, Enya le explicaba sus motivos y le hacía preguntas diversas acerca de él y de sus intenciones como padre. David siguió el proceso a diario y viajó para asistir a las ecografías principales. 

Enya le envió vídeos de cómo se medicalizaban innecesariamente los partos y le propuso un parto natural, cerca del hospital. A él le daba miedo, pero aceptó. Quería que ella estuviera bien, me cuenta, al fin y al cabo era su cuerpo y agradecía lo que estaba haciendo por él. Finalmente y por un tema médico, el parto tuvo que programarse.

Dana nació y fue a parar al pecho de Enya. Tras unos minutos ella cortó el cordón. Para ella era importante separarse así. La ginecóloga la puso encima de David, Dana paró de llorar y Enya y su pareja se besaron.  

Las dos familias estuvieron viviendo juntas en un hotel durante tres días. A David lo acompañaron sus padres, quienes fueron un apoyo psicológico importante, asegura, en aquellos momentos tan intensos.

Enya y su familia volvieron a casa, pero siguieron viéndose a menudo. Habían decidido que Dana tomara leche materna durante todo ese tiempo. Enya desarrolló un vínculo con Dana: aquellas semanas fueron un poco duras, me dice, pero Enya estaba feliz y orgullosa de lo que había hecho.

La despedida en el aeropuerto fue la despedida real. Estoy muy feliz de haberte podido ayudar y de que hayas podido tener a Dana, le dijo Enya.

Las dos familias siguen hablando a menudo porque a ambas le parece bien que el vínculo exista y se mantenga.

—Tengo una foto del parto, ¿quieres verla?

—Claro.

—Mira, estamos todos. Mi madre agradeciéndole a la otra abuela. Esta es la matrona, el novio. Para mí esta foto representa mucho. Aquí hay amor en todas partes. 

Fotografía: David Reyes (Vilafranca del Penedés, 1979) y su hija Dana, de 6 meses de edad. | © Aitor Fernández

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