Familias a contracorriente: la historia de Marisa y Mario
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Tuve admiración por las madres solteras desde que me enteré de que mi abuela había conseguido criar a tres hijos sola en plena posguerra. No solo por el enorme esfuerzo de tirarlos adelante, si no por las humillaciones que se recibían desde la sociedad y las instituciones. Quizá pueda parecer que ya lo hemos superado, pero yo quería saberlo de primera mano.
El día que conocí a Marisa fui a buscarla a su trabajo y hablamos durante su descanso para comer. Marisa había tenido varias relaciones, pero ninguna le dio confianza para ser madre. A los 37 años lo decidió, pero tardó un año en dar el paso.
“Me bloqueé”, me explicó. “Nos han inculcado que para formar una familia hay que tener pareja. Todo a tu alrededor te manda el mismo mensaje: la educación, los anuncios, las canciones… Yo no lo había planeado así. Pero me dije, no estoy sola, tengo a mi familia.”
Pensó que tardaría, sin embargo, se quedó embarazada de Mario enseguida. Fue gracias a la inseminación artificial. Recuerda un embarazo feliz, aunque me confesó que siempre había imaginado que tendría una niña. Estaba preparada para educarla lejos de aquello que se espera de una mujer en la sociedad. “A las mujeres nos enseñan a cuidar, pero no a cuidarnos, y luego vivimos las consecuencias”, opinó.
Marisa quiso un parto natural y le convenció el hospital de San Juan de Dios. “Me pareció maravilloso, pero luego no fue así”, admitió. “Me preparé para apurar el máximo para ir al hospital. Pero tuve rotura de bolsa y ahí tienes que tener más cuidado porque hay riesgo de infección.”
En España el protocolo médico deja esperar 24 horas antes de inducir el parto, en Inglaterra son 72. En su caso esperaron solo 12: “Tú puedes decir que no quieres inducir, pero a mí no me informaron de ello. Con la oxitocina artificial empiezas a hacer unas contracciones que no puedes aguantar, pides la epidural y ya tienes que estar tumbada para el parto.”
Le costó superar la experiencia de haber perdido el control del parto. Lamentó que no se había respetado el tiempo que necesitaba para parir, se sintió infantilizada, tratada como si estuviera enferma y no como si fuera una persona capacitada. Nunca vio la cara de su ginecóloga. Además, le hicieron la maniobra de Kristeller, que ya no está permitida, sin pedirle consentimiento.
Al volver a casa, Marisa tenía todo preparado. Había cocinado para un mes y lo había congelado. Se guardó las vacaciones para después del parto y decidió seguir su intuición, sin atender a consejos. “Cuando tienes un hijo te remueve cosas que hasta entonces no habías pensado”, reconoció. “Empiezas a modificar comportamientos adquiridos que haces inconscientemente.”
Al final de la entrevista le expliqué a Marisa la historia de mi abuela. Marisa me dijo que nunca se había sentido maltratada o discriminada por ser monoparental, más allá de que “el mundo laboral no está montado para tener un hijo, y menos para una persona sola.” Pero entonces recordó que una vez conoció una mujer que quería ser madre pero no se planteaba hacerlo sin pareja: “Lo comparó con un niño que tendría que sufrir el abandono de un padre, y por más que intenté argumentarle que no era lo mismo, tuve que desistir de la conversación.”
Fotografía: Marisa Andrés (Esplugues de Llobregat, 1975), madre de Mario, de 4 años de edad. | © Aitor Fernández
