Familias a contracorriente: la historia de Alba y Jan
#CrianzaComunitaria #TribuFamiliar #FamiliasAContracorriente
Estoy agradecido por no haber buscado ninguna de las historias de este proyecto; fueron apareciendo entre amigos y conocidos. No todas las familias aceptaron aparecer en el trabajo, pero el hecho de que fuera tan fácil encontrarlas hizo crecer en mí la sensación de que el mundo está cambiando.
Alba llegó gracias a una de mis alumnas. Se conocían poco, pero ella me abrió las puertas de su casa y se encargó de que ese día estuvieran presentes todas las personas que considera parte de su familia. Escuché su historia mientras los gritos de los niñes se oían desde la piscina.
Tenía 22 años cuando decidió ser madre. Vivía en un bloque de pisos okupado en la ciudad. Había una pareja joven con niñes: a ella le fascinaba cómo les educaban. Siempre había tenido mujeres como parejas, pero le propuso a Moli, un chico que estaba viviendo allí, tenerlo con él.
Moli aceptó y finalmente aquella relación se convirtió en una relación amorosa. Pero Alba no se había planteado una familia nuclear, sino criar en comunidad, con otras personas como Sheila, que eran referentes para ella.
Iban a ser desalojados, pero Alba se había enterado de la existencia de unas pequeñas viviendas abandonadas desde hacía 20 años en un espacio rural cercano a la ciudad. Decidieron irse a vivir allí e iniciar un proyecto de comunidad.
Jan nació un mes de abril y pasó sus primeros días de vida en una casa sin ventanas ni suelo y que poco a poco se fue construyendo. Luego llegaron familias como la de Hanna, que acababa de tener una niña. En estos momentos viven cuatro familias que restauraron los espacios y se encargaron de la deuda que dejó el propietario.
Alba y Moli vivieron juntes durante tres años, después ella sintió que necesitaba su espacio y construyó una casa de madera. La hizo con postes de la luz y maderas de encofrar abandonadas, la ayudaron todas, en especial Sheila, que había aprendido algo de construcción en Uruguay.
Había montado junto a otras madres un proyecto de crianza al que Jan asistió hasta los 3 años. Después Alba decidió llevarlo a La Pinya, un colectivo de autogestión pedagógica apoyado por las propias familias. Desde los 6 años, Jan va a un colegio convencional donde se trabaja por proyectos.
Les niñes de la comunidad tienen a todas las personas adultas como referentes. Cada familia vive en su casa, pero el día a día es la comunidad. Cuentan unas con otras, realizan asambleas para valorar necesidades y resolver los conflictos que van aflorando.
Alba y Jan hablan bastante. Ella no comparte muchas de sus necesidades, pero cree que a veces es mejor ser un poco flexible y mantener una buena comunicación que censurar. Con su padre y madre la relación fue así, ellos la escucharon sin juzgar.
Jan le transmitió a Alba su no agrado por ser diferente y le admitió que le costaba invitar a amigues a casa por la forma de vivir que tienen. Los cromos del fútbol o la consola son importantes presiones sociales que Alba ha decidido flexibilizar, aunque siempre desde una conciencia crítica.
Alba ha tenido otras parejas con las que no se ha planteado tener más hijos. Antes de tener a Jan, Alba sintió que tenía que dejar de estudiar, pero después de tenerlo quiso continuar estudiando, y lo hizo gracias al apoyo de su comunidad y a su valentía para llevarlo a clases y exámenes. Hoy trabaja de enfermera.
Cuando le pregunto sobre el futuro de Jan, no se muestra preocupada. Sabe que es positivo que Jan tenga más referentes, entre ellos el de su padre, que se ha buscado la vida de muchas maneras. Su objetivo principal es proporcionarle las herramientas para que pueda vida adulta como quiera. Y hay una brecha por la que salir, dice, en todas partes.
Fotografía: Alba Luque (Barcelona, 1984), su hijo Jan (11 años) y algunos miembros de las familias con las que viven: José Antonio Molina “Moli”, padre de Jan, Sheila Escudero, Hanna Söderling, Daniel Urbizu y les niñes Roc, Noah y Kari Liam. | © Aitor Fernández
