Familias a contracorriente: la historia de Xaro, Carles, Lila y Marcel
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La primera vez que se vieron ni siquiera se dieron los teléfonos, pero la vida les hizo encontrarse de nuevo. Se pasaban la noche hablando y después acababan en la cama. Una de esas noches, él le reveló que pensaba en tres mujeres como compañeras de vida. Años después le confesó que ninguna de ellas era ella.
Pero esas pláticas nocturnas ya dejaban entrever que los valores de ambos eran muy similares y poco a poco se fue derribando la teoría. Esos anhelos de construir una vida juntos fueron tomando forma: encontrar una fórmula que les permitiera vivir cerca de la naturaleza, autogestionar sus propias vidas y tener todo el tiempo posible para estar con la familia. Un camino duro, pero firme. Y ya han pasado siete años.
A ella le enamoró de él su amor por los bosques y su activismo forjado en Greenpeace y en las marchas del 15M. Ella le ha enseñado a él a criar a sus hijos de forma respetuosa, a no decir cómo se tiene que dibujar un pájaro, a entender que los niños pequeños no necesitan que les enseñes absolutamente nada salvo que confíes en ellos y te ocupes de tus propios actos.
Su primera hija nació en el hospital. Un tacto vaginal en una exploración la obligó a provocar el parto antes de lo esperado. Su segundo hijo nació a tiempo, en casa, y ella notó la diferencia. Ella le decía a la niña que las contracciones eran como unas olas y gritaban juntas: “¡Aaaah!”. Le había preguntado a la comadrona cómo sentiría cuándo el niño estuviese a punto para salir y la comadrona le aconsejó que se centrara en sentirlo. Ella quería parir en la bañera, pero el niño le pidió nacer de pie. Apoyada en la lavadora, la niña, sentada en el váter, vio salir la cabeza y el cuerpo.
Sienten que lo más preciado que se puede tener es el tiempo, para vivirlo como a uno le venga en gana. Es difícil preguntarse qué quieres hacer y cómo lo puedes hacer, pero ellos nunca quisieron vivir para trabajar todo el día y ver dos horas a sus hijos. Lo urgente no deja paso a lo importante, lo decía Mafalda, dice ella. Nadie se lo ha regalado, los ahorros y el vivir solo con lo necesario les han servido para cumplirlo.
En un encuentro de familias viajeras, se enamoraron de la historia de una familia que viajaba en bicicleta y que tuvo a un niño en el viaje. Unos días después, decidieron hacer su primer viaje, y en cuatro meses lo prepararon. Llegaron a Lima en avión y desde allí salieron con las bicis. Perú, Bolivia, Argentina, Chile, a veces de paso y a veces parando durante meses, alojados en proyectos que ofrecen alojamiento y comida a cambio de trabajo dentro de sus propios proyectos de vida.
Los viajes para ambos son aprendizaje. Intentar seguir una rutina precisa, un montaje y desmontaje que lleva horas, días en los que se puede y no se puede salir, aunque no hay prisa para llegar a ningún sitio. Perder el GPS y alegrarse de haberlo perdido. Encontrar un pueblo donde crían a sus hijos en comunidad, con un mercado dominical que vendía cosas que empezaron a comprar y atesorar, para luego tener que revenderlas al darse cuenta de que el peso hacía saltar los radios de las ruedas. Conectar y desconectar con uno mismo. Superar miedos, solucionar problemas, saber que si has podido volver a casa eres capaz de cualquier cosa.
Cuando se han juntado con otros viajeros, todos coincidían en que viajando encontraban la bondad de las personas. Ayuda, una ducha, un techo, aunque la gente no pudiera permitírselo. ¿Una conversación porque estaban enfadados? Aparecía, y esa conversación les ponía de buen humor. La niña fue la llave, porque se acercaban a ella para conocerla, para poder contactar con tantas personas y conocer su mundo.
Ambos sintieron que tenían que volver cuando ella se quedó embarazada. Tras la crianza de ambos niños decidieron emprender un nuevo viaje. Los conocí de paso: al día siguiente partieron, los cuatro, hacia China, siguiendo la Ruta de la Seda, como siempre, sin prisas ni objetivos.
Fotografía: Xaro Ausina (Gandia, 1979), Carlos Ortiz (Gandia, 1981), padres de Lila, de 5 años y Marcel, de 2 años | © Aitor Fernández
