Familias a contracorriente: la historia de Laura
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Cuando te entregan a un niño en acogida sólo te dicen la edad y el sexo. El primer niño que acogí tenía 21 días de vida y lo entregué con 13 meses. Fui a buscarlo a la asociación que se encarga de las recogidas. Después de firmar muchos papeles, me dijeron que el body que llevaba puesto tenía que devolverlo. Fue un golpe de realidad. Me dije: “Laura, espabila”.
Vivo en Aragón, pero crecí en El Maresme. Me eduqué en un colegio gestionado por una cooperativa de familias que gestionaba a los propios maestros. Soy la menor de tres hermanos. Dicen que el primero elige a quién imita, el segundo al otro progenitor, y el tercero se liga al mundo social y a las causas. Quizá por ello estudié Educación Social y me dediqué a la cooperación durante mucho tiempo.
A mí nunca me obsesionó ser madre, pero sí querer cambiar las cosas. Por eso en mi modelo de familia entraba la de acogida y decidí proponerme a la administración como familia de acogida de urgencia y temporal.
Este tipo de acogimiento dura 6 meses, prorrogables hasta 2 años si la administración aún no ha resuelto. En ese tiempo deciden si vuelve con su familia, si va a un acogimiento extenso o si va a adopción.
Durante ese tiempo, una asociación te pone un tutor. Cada 15 días hay que llevar al niño a un punto para que se encuentre con su familia. Mientras los padres visitan, te encuentras a algunos familiares al esperar en la calle. Es una mezcla rara de sentimientos. Te besan, te abrazan, te dicen que se lo cuides.
Este niño se adaptaba mucho a todo. Iba al trabajo conmigo, me acompañaba a presentaciones y reuniones, yo me adaptaba a sus necesidades y él a las mías. Cuando lo dejé, hacía el primer pipi del día en su orinal y comía con la mano. Era un niño con mucho carácter y yo potenciaba su independencia.
Cuando la administración decidió que se tenía que ir con una familia de adopción, me avisaron 7 días antes. Tuve dos visitas de una hora con los padres adoptivos. En la primera, el niño estaba dormido, pero yo insistí para que los padres lo cogieran en brazos, para que el niño se familiarizara con su olor. En la segunda, percibí que ellos iban a educarlo de una forma diferente a como yo lo estaba haciendo, aunque entiendo que es su derecho.
Pero nadie me informó de que la «entrega» duraría 10 minutos. No pude despedirme del niño como me hubiera gustado porque los invertí en enseñarle a los padres un álbum que tienes que hacer con su primer año de vida. Yo el duelo lo tengo trabajado, sé cuál es mi papel, pero creo que no me merecía eso, y tampoco el niño, al que dejaba con unos completos desconocidos. El niño tardó un mes en volver a reír.
Siento que seríamos más las familias dispuestas a ayudar si el trato fuera diferente. Aunque lo que más me cuestiono es no saber si realmente se le está dando una oportunidad a la familia biológica. Porque detecté prejuicios y porque hubo muy poco tiempo para hacer trabajo con esa familia. A veces pienso que estoy formando parte de un sistema que sigue fallando, pero luego pienso: “Quédate y aporta tu grano de humanidad”.
El niño que acojo la semana que viene tiene un año y no sé cuánto se va a quedar, al igual que la familia biológica no sabe aún que se lo van a quitar. Me han avisado de que vendrá en una manta. Pero yo ya voy preparada, y también para proponer que se hagan las cosas de una forma más humana. Me hace mucha ilusión porque sé que estará en una fase en la que ya interactúan más. Tiene un año, la edad en la que dejé al primero.
Fotografía: Laura Ventura (Barcelona, 1977) acogió al primer niño desde los 21 días hasta los 13 meses de edad. A los cuatro días acogió al segundo, de un año de edad. Lo tuvo 18 meses (durante toda la pandemia). Consiguió que llegara con un lote de ropa. | © Aitor Fernández
Fotografía: Laura Ventura (Barcelona, 1977) acogió al primer niño desde los 21 días hasta los 13 meses de edad. En cuatro días acogerá a otro niño, de un año de edad. | © Aitor Fernández
